La ciudad olía a futuro y a carbón, pero en sus rincones más oscuros, una sombra pequeña y silenciosa ya había empezado a cazar. No usaba un arma. Usaba una sonrisa tímida y una promesa de caramelos.
Era 1912, y mientras Buenos Aires se pavoneaba como la París de Sudamérica, algo se pudría en sus conventillos. Algo que no encajaba en los periódicos de sociedad. Ese algo se llamaba Cayetano Santos Godino, pero la historia lo grabaría a fuego con un apodo que eriza la piel: el Petiso Orejudo.
El Monstruo que Nació en un Corralón
Su infamia no comenzó con un asesinato, sino con el crujido de un fósforo. A los 8 años, intentó prenderle fuego a la ropa de una bebé. A los 9, apuñaló a otro niño. Su casa era un corralón miserable en el barrio de San Telmo, un laberinto de miseria donde la violencia era el pan de cada día.
Sus padres, inmigrantes italianos abrumados por la pobreza, solo veían a un niño “tonto”, de orejas grandes y mirada perdida. Los vecinos lo evitaban. Los chicos se burlaban. Cayetano internalizó cada insulto, cada risa, y las convirtió en una furia fría y metódica.
Su primer crimen mortal fue casi un ensayo. En 1904, con solo 10 años, golpeó salvajemente a una niña de 18 meses, Genara Gallardo, hasta dejarla moribunda. La justicia lo declaró “inimputable”. Lo devolvieron a casa. Fue la licencia que su mente retorcida necesitaba para entender que podía seguir. El monstruo tenía vía libre.
El Cazador de Patios y Techos Olvidados
El Petiso no actuaba por rabia ciega. Sus crímenes eran rituales. Acechaba a niños más pequeños y vulnerables en plazas y calles solitarias. Los atraía con un caramelo o una moneda falsa. Les ofrecía llevarlos a “ver pajaritos”. Su territorio de caza eran los espacios muertos de la ciudad: los patios traseros, los descampados, los huecos bajo las escaleras.
Allí, los estrangulaba con sus propias manos o con un lazo. Pero el acto final era lo que convertía su perversión en leyenda. No huía. No escondía los cuerpos en fosos. Los colocaba en lugares altos y visibles. Subía los pequeños cadáveres a los techos de chapas, los acomodaba en aleros, los dejaba sobre montañas de escombros.
Era una firma. Una manera de desafiar a una ciudad que lo había rechazado. Un modo de decir “miren lo que hice, estoy aquí”. El olor a tierra mojada y óxido se mezclaba con el dulzón aroma de la muerte en esos escondites a la vista de todos. El sonido del viento silbando entre las chapas era la única elegía para sus víctimas.
La policía, desorientada, no podía concebir que un adolescente enclenque fuera el autor. Hablaban de una banda o de un lunático adulto. Mientras, el Petiso, con su over-sized y sus zapatos rotos, seguía paseando por las comisarías, incluso ayudando en las pesquisas, burlándose de todos. El peligro real no era un hombre con un cuchillo en un callejón. Era el chico de la mirada vacía que te ofrecía un dulce a la salida de la escuela.
💡 Dato Impactante: Fue detenido por última vez mientras merodeaba, con un lazo en el bolsillo, alrededor de una niña que jugaba sola. Tenía 16 años y al menos 4 asesinatos confirmados, aunque se le atribuyen muchos más. Pasó 42 años en la cárcel, hasta su muerte.
La Célula Fría en el Manicomio de la Cárcel
Condenado a reclusión perpetua, el Petiso Orejudo no se redimió. Se convirtió en el rey de la cárcel de Ushuaia y luego del Hospicio de las Mercedes. Allí, los médicos intentaron estudiar su mente. Lo que encontraron fue un paisaje desolado: un cociente intelectual bajo, pero una astucia animal para el engaño.
Nunca mostró remordimiento. Hablaba de sus crímenes con la frialdad de quien describe el clima. Coleccionaba insectos y dibujaba barcos, mientras su leyenda crecía y se deformaba en los periódicos. Se decía que tenía pactos con el diablo, que podía hipnotizar, que era un vampiro.
Lo que nadie cuenta es cómo su caso sentó un precedente aterrador: Argentina tuvo que enfrentarse, por primera vez, al concepto moderno de un asesino en serie. Un criminal que mata por impulso patológico, no por robo o venganza. Su figura abrió el debate sobre la inimputabilidad y la peligrosidad social, preguntas que aún hoy resuenan en cada crimen atroz.
Murió en 1944, de un ataque al corazón, en su celda. Su cerebro fue extraído y estudiado, buscando en sus circunvoluciones el secreto de la maldad. Nunca lo encontraron. Porque a veces, el monstruo no vive en un castillo tenebroso. A veces, tiene orejas grandes, vive a la vuelta de la esquina, y su arma más letal es parecer completamente inofensivo.










